Anteriormente:
CAPITULO 1: Falacias de Corazón. EPISODIO 1: En un Muro de Octubre; EPISODIO 2: Las Horas Podridas; EPISODIO 3: DesoladoMario se sentaba al final de la clase. Saltaba de hoja en hoja tras la ventana, en los árboles que dibujaban sombras sobre el viento frío. Era ya jueves y no tenía ninguna intención de escuchar nada que no viniese de fuera. Ni a profesores, ni a alumnos. Se lanzaba al vacío desde su basta imaginación, componía difíciles historias en los vértices de la fantasía y dibujaba el rostro de personas que nunca llegaría a conocer, pero que permanecían vivas en su subconsciente.
Se sentía aislado y seguro, lejos de las miradas, de las bromas, de las preguntas de física, de historia o de literatura. Pasaba desapercibido, inmortal, libre de hacer lo que quisiera con su mente. Este era su mundo, su pequeño refugio de cristal.
Apoyó su cabeza sobre el cuaderno. Desde esa posición tenía una nueva perspectiva de las hojas que marchitas planeaban en el viento y la lluvia. A Mario le parecían miles, millones, con una trayectoria directa a la nada. Quien pudiera ser hoja de Otoño. Pero algo desconocido, incógnito para Mario estaba rompiendo el espacio y el tiempo. Era un movimiento suave, dulce, delicado. Tan frágil como las hojas, pero único en esencia.
Una mano estaba apoyada a unos centímetros de su cabeza, casi en el borde de la mesa. Mario se convirtió en gaviota y sobrevoló la superficie blanca y segura de aquel extraño en su mundo. Pero algo le despertó, era una luz que le absorbía. Cerró los ojos en una décima de segundo y levantó la cabeza, exponiéndose a mar abierto casi con lo puesto. Dos grandes ojos estaban clavados en su mirada dibujando un ángulo perfecto entre su belleza y la inseguridad de Mario. No importa que dijo, no importa que pidió, no importaba su voz. Era eternamente preciosa, difícil de dibujar con la imaginación. Tardaría días, semanas en memorizar todos los rasgos que perfilaban aquellos labios, aquel cabello dorado, los tonos azules que le abrasaban las retinas, el olor a vida. Mucho más tardaría en desaparecer ese nudo de placer que no le dejaría dormir por las noches, ni por el día. Mario durante semanas permanecería despierto, pero aun no lo sabía.
Con una sonrisa de sirena, se giró de nuevo, dejando el cabello flotar como las hojas de otoño. Pero ella no estaba marchita, era un soplo de vida en cada gesto, en cada susurro, en cada mirada fugaz. Durante el resto de la clase Mario se olvidó de mirar afuera, al frío y el viento. Dentro, en el otro mundo que le había tocado vivir, el de verdad, también existían los límites de la fantasía, la imaginación que te lanzaba al vacío, y además existía la belleza. ¿Cómo puede algo tan dulce devolverte esperanzas sobre el mundo que tanto detestaba? ¿Cual es su nombre?
A lo lejos la ve caminar hacia las calles de su barrio. Mario dará un pequeño rodeo, tiene la necesidad de saber algo más. Cuando ella se gira para abrir el portal de su edificio, Mario se esconde tras la esquina y suspira. Hoy la sopa se quedará fría, congelada, como los huesos de Mario en una esquina, en un portal de Octubre, con el corazón saliéndose del pecho y los ojos clavados en el vacío.
Se echa de menos a Mario, hace mucho que no sabemos de él. Una buena historia, literatura, entretenida, conmovedora y que nos hace pensar en esos años ya vividos(y los que nos quedan por vivir) llenos de experiencias.
Volverá en breves.