Se siente el invierno y las horas tienen menos minutos. Uno es capaz de despertarse temprano y, con una pereza descomunal, enfrentarse al reto de salir de la cama.
Afuera, tras la ventana, el Otoño golpea las fachadas con lluvia, granizo y viento. Silban los insultos de un tiempo detestable entre los balcones del vecindario. Algún plástico cubre una colada trasnochada de la intemperie, montando un escándalo desquiciante.
Algunos coches intentan arrancar y congelados, crujen como ancianos aletargados. Mario se ha levantado, venciendo a su débil fuerza de voluntad.
Es Lunes, oscuro, como todos los Lunes de su ciudad. Sabe que tiene pocas posibilidades de ver la luz del sol, aunque sea en tonos grises. Demasiado ocupado para mirar al cielo, demasiado Lunes cada Lunes, demasiado para un joven que necesita crecer sin presiones.
Pero así es la vida del adolescente. Cuando más quieres crecer como persona, cuando más necesitas desarrollar las relaciones sociales, cuando Mario tiene más dudas, la sociedad te arrastra como una ola del Otoño que se va, silbando en los balcones, golpeando una colada trasnochada, lloviendo, granizando, oscuridad…
Mario pasa el día sin mucho interés. Mata las horas de clase en silencio, pensando en cualquier otra cosa que hipotenusas, hipérboles, conversaciones banales sus compañeros. Hoy no quiere escuchar a nadie, hoy es Lunes, de Otoño para más joder. Tiene el ánimo por los suelos, así que divaga en pensamientos y se aleja de ese mundo donde le quieren meter a calzador.
Comerá en el bar del instituto, un bocadillo que su madre deja en el fogón bien envuelto en papel de aluminio, también algo de fruta. El menú del día es demasiado caro estos meses, antes de Navidad.
Después clases de apoyo, de refuerzo, de extensión y de congestión. A las seis y media, cuando sale del instituto, ya es de noche, ya no hay vida.
Un gato rebusca en la basura, una señora también. Los callejones huelen a orines y otros desperdicios de la resaca del fin de semana. Mario dará algún rodeo antes de llegar a casa, a pesar del frío y el olor a mierda.
Le gusta caminar, le hace olvidar. Que nadie le pregunte -¿Qué aprendiste hoy?- porque no ha aprendido nada interesante. Nadie le ha enseñado a besar, ni siquiera a comenzar una conversación. Tampoco es autocrítico, es más, se siente manipulable. Cuando llegue a casa pondrá la televisión y se dejará llevar.
Cuando mira por la ventana no ve nada en el cielo. Intuye que se acaba el día, que mañana es Martes, Martes oscuro. Entre sombras y luces de la ciudad ve alguna estrella, o un avión quizás. Le gusta pensar que es un vampiro, al menos le da ánimos a imaginar que no tiene sol por su naturaleza, que vaga por los callejones en la noche, y que es un joven desolado por dentro y por fuera.
Para sonreír son malos tiempos
Otoño ya está aquí
¡Cuántos tormentos!
¿Dónde coño te escondes, felicidad?
Los lunes de octubre donde estarás
¿Dónde coño te escondes, felicidad?
Me condenas a muerte de soledad.
Canción que podría resumir parte de este capítulo.