Las horas podridas son algo más que las horas muertas. Una hora podrida es su evolución, para entendernos. Las horas muertas suceden todos los días, fragmentadas o continuadas. Son evitables con un poco de imaginación o saber hacer. La iniciativa y los recursos las destruyen o minimizan, y nuestra vida es más, por así decirlo, completa en ese momento. Una hora muerta puede ser placentera cuando se está cansado y agobiado, incluso productiva. Nos permite despejarnos y estar a punto para comenzar una nueva tarea. Son necesarias, evitables, maleables. Son nuestras.
Las horas podridas no. Las horas podridas son desagradables. Tu conciencia piensa en eliminarlas pero no puedes, sólo puedes esperar a dormirte y comenzar un nuevo día. Los días siguientes te desprecias por haber perdido el tiempo en una mierda improductiva y que no te satisfacía. Lo peor de todo es que son predecibles. Se suelen dar en los fines de semana lluviosos y de viento frío. Cuando la luz es gris en la ventana y nada más comer enciendes la lámpara de la mesita. La televisión dará de nuevo otra mierda de las muchas que da, y que seguramente ya hayas visto.
Mario se tumbaba en la cama de espaldas al mundo. Su cabeza se hundía en la almohada y sólo veía por un ojo, lo que a lo lejos parecía la televisión de su cuarto. Cuando fruto del sobre esfuerzo y la irritación le lloraba, daba la vuelta a su cabeza y buscaba caras en el “gotelé”. Desganado enchufaba su vieja consola y se dedicaba a eliminar unos cuantos enemigos virtuales, generalmente de forma no humana y graciosa. Pero en esas tardes de desidia la violencia amenazaba en forma de tortura a los simpáticos enemigos que le impedían llegar hasta un objetivo final y glorioso, también virtual.
Si se levantaba era para mirar por la ventana. En el breve espacio que le permitía la persiana podía ver gotas desesperadas estrellarse contra la repisa. Las calles estaban vacías. De vez en cuando un paraguas cruzaba la acera, dirección a algún bar, eso seguro. Si jugaba su equipo ponía la radio y escuchaba los goles en varias dimensiones: las ondas radiofónicas y los gritos y aplausos de los bares. Era emocionante de verdad, quizá lo más emocionante. Eso si se acordaba de que jugaba.
En una esquina del escritorio tenía apartados desde el viernes los libros para hacer los deberes. De esos que se dejan y dejan, para las horas muertas. Pero un buen estudiante, como todo el mundo creía que era, no podía permitir marchitarse los minutos. Las horas putrefactas le consumían en desidia y holgazanería. <<Lo hago mañana>>.
Tampoco madrugaba los domingos, sólo para acompañar a su abuela a misa, de ciento en viento para sostenerla el paraguas. Hacía que rezaba y caía en sus mundos de leyendas y fantasía. Virtuales siempre, virtuales. Quizá escuchaba el sermón, o alguna historia bíblica en las horas podridas de la misa. Su imaginación echaba a volar más que nunca entonces, y su pobre abuela le daría un buen codazo si sus pensamientos fueran “vox populi”. Menos mal que era lo único que le quedaba de intimidad en una adolescencia cada vez más controlada “para evitar males mayores”. Pero no le daba importancia de momento. Apoyaba la cabeza en el banco de madera, escondiendo su mirada de los ojos de las estatuas tristes y frías que alzaban su sermón vanaglorioso ante fieles octogenarios. Sólo dejaba un ojo abierto y comenzaba a imaginarse las historias que creía escuchar, en lo que parecía al fondo un cura dando misa, como una televisión que daba siempre las mismas películas de fin de semana. También era un mundo virtual para Mario, y no dejaba de ser un acto rutinario en las horas podridas.
[...] CAPITULO 1: Falacias de Corazón. EPISODIO 1: En un Muro de Octubre; EPISODIO 2: Las Horas Podridas; EPISODIO 3: [...]