“MARIO MARIONETA”. Cap1: Falacias de corazón. Ep1: En un muro de Octubre

Se sentó sobre un muro de piedra y permaneció pensativo. Mario se sentía desplazado, arrebatado de golpe de los últimos años conscientes de su vida. Un calor opaco inundaba su pecho, y una desagradable sensación de nervios, decepción y perplejidad le oprimía el tórax. Seguramente su voz sólo fuera un débil hilo de sonidos entrecortados en esos momentos, como cuando se aguantaba las ganas de llorar de emoción para no expresar sentimientos. El estómago era un puño que se cerraba con ira sobre sus intestinos, y hacía que su garganta se cerrase y tragase saliva. Tanto, que su boca estaba pastosa y seca.

A lo lejos observaba todo. Sabía que eran momentos que tenían que llegar en la vida de todo chaval de su edad, incluso había pensado y dado vueltas a su cabeza esos asuntos noche tras noche en vela. Era una práctica habitual de su personalidad, en afán de conseguir la seguridad de la que carecía para afrontar cada una de las pequeñas batallas de un adolescente. Llegó incluso a creerse totalmente preparado para todo, un avanzado de su generación. Pero nada más lejos de la realidad, y su otro yo le miraba desde el espejo del baño en los momentos solitarios. Le miraba y reflejaba la crudeza de una inseguridad que le absorbía. Y cruzaba los dedos día tras día para que nada ocurriese, para que sus temores fueran evaporados, para que la adolescencia no fuese un torbellino que arrasase con su infancia.

Había llegado el día, pero los cambios comenzaron en Septiembre, tras dos meses de verano sin más. Algunas niñas comenzaban a vestir distintas, adultas, incluso había creído ver una cajetilla de tabaco en los bolsillos de la cazadora vaquera de una compañera. A Sergio le habían regalado una moto de mucho ruido y poca potencia, pero su estatus de niño ojeroso y tímido del final del pasillo había cambiado por unos palmos de estatura y un liderazgo agresivo. Carmen ya no estaba sola. Una quincena en las fiestas de su pueblo de Castilla y ya entablaba conversación con un grupo de chavalas dos años mayores. Solas quedaron Ingrid y Lucía, pizpiretas como siempre, en un banco con una manzana y alguna revista gilipopera. Pero le gustaba observarlas, nada había cambiado en su inocencia, ni por dentro, ni por fuera.

Un poco disimulando Mario intentaba escuchar los últimos chismorreos juveniles entre clase y clase: Sergio Pardo, el otro, había cambiado de instituto tras separarse sus padres. Una lástima no poder haberse despedido de él, aunque lo cierto es que no había cambiado si quiera de ciudad. Pero Mario creía que nada iba a salir de ese mundo que se cerraba a una generación que creció y compartió años de párvulos y primaria en el mismo colegio. Su mente no se hacía a la idea de que ya podía cruzar la carretera general, y conocer otras generaciones de otros colegios. No aun, y eso también le tranquilizaba.

Embobado en sus pensamientos, y entumecido por una lluvia fina, Mario pareció despertar. Algo se movía y lo podía ver todo sentado en el muro de piedra. Se comenzaron a escuchar risas, y alguna palabra más alta que otra. El grupo de chavales que llevaban hablando en un círculo desde que comenzó el recreo, parecían ocultar a viva voz un plan secreto, y para Mario peligroso. A viva voz porque otro grupo de chicas les observaba, peligroso porque veía transformados a sus antiguos compañeros de pupitre, en jóvenes de gomina y ropa clónica. Parecían un grupo cerrado y diferente al fin y al cabo.

Al cabo de un rato Rulo se acercó a Mario. Todavía le quedaba un trecho hasta el muro, así que Mario pudo oír carcajadas aisladas, cosa que no le tranquilizaba. No sabía como poner las manos, comprobó tres veces si tenía la bragueta abrochada y tomó aire, todo el que pudo. Al fin y al cabo no había nada por lo que ponerse nervioso. Rulo fue su compañero desde la infancia, sus madres salían a tomar el café juntas, infinidad de veces habían dormido en sendas casas y, aunque la relación no fue la misma desde quinto de primaria, qué carajo, era Rulo, su amigo de toda la vida.

<<Vamos a ir a casa de Román, sus padres no están. Sólo estará su hermano, pero le deja hacer de todo, y había pensado que igual te apetecía venirte. Si eso, a las 15.30 en los bancos de piedra. Venga tío.>>

Fugaz. Oscuro. Cientos de fantasmas inundaron en segundos el cuerpo de Mario. Dudaba de su sombra, cavilaba qué ocurriría en aquella casa, se imaginaba cosas impensables en Rulo, Román, Sergio,… Nunca le había gustado el hermano de Román, sobretodo desde que escuchó a su madre hablar con la de Rulo de que tenía problemas con drogas, <<Anda con “chocolate” o algo así maja>>. ¿Maja?. ¡Los cojones! Todo se comenzó a cruzar, no había por qué mentir, no había compromiso, pero lo que no debía haber serían remordimientos, nada de pensar en oportunidades perdidas, ni tampoco escuchar las machadas de la aventura la próxima semana en clase, ni darle importancia, por supuesto. Tampoco lamentarse por sus compañeros, ni llevarse disgustos, nada joder…

Mario se tumbó en la cama, mirando el reloj. Eran las 15.37 y ya estaba en pijama. En sus estanterías libros, muchos libros, casi todos a medio leer. También regalos, de cumpleaños felices. Fotos del colegio en algún álbum, en algún cajón. Diarios sin empezar. Imágenes en su cabeza, de tantos y tantos recuerdos que se envilecían. Recogió algunos trastos con los que había estado jugando. En sus manos sostuvo un muñeco grande, un militar, y se sentó en la cama a contemplarlo. Le miró a los ojos, perdidos, añorados. Dentro de ese caparazón de músculos de plástico gesto desafiante también hubo un joven. Ojos vacíos, como Rulo, como Román, como su hermano y como Carmen, su pueblo, su cajetilla y la puta moto de Sergio. <<¿Por qué cubrimos de plástico nuestro verdadero yo? ¿Hacia dónde voy ahora? Claro, no tienes respuesta. Antes la tenías, antes eramos felices en cumpleaños, en el patio jugando al fútbol, antes. Ahora eres un juguete más, que se cubrirá de polvo en mis estanterías, repletas de recuerdos de la infancia>>. Colocó todo en su sitio, se metió en la cama, y durmió hasta la hora de la cena, entre lágrimas saladas.

Publicado en  on Noviembre 26, 2008 at 1:05 pm Comentarios (3)
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3 comentarios Leave a comment.

  1. Me estoy enganchando a Mario Marioneta, ya lei los 3 capítulos. Verdades como puños contadas desde la luz de la experiencia ya pasada de esos años. Se reconocen los rasgos personales de la historia, nuestra historia, nuestro barrio. Me gusta más este nombre del episodio, falacias del corazón, que el anterior.
    Y bueno ese Rulo parece buen chaval jajaja.

  2. Gracias Rulo por el comentario. Intento precisamente reflejar lo que somos (todos, nadie se libra) y lo que fuimos. En algún punto hay que sentirse identificado con Mario, o con alguno de los personajes secundarios que irán surgiendo.

    Cambié el título porque le quiero dejar para más adelante. De momento es una presentación de Mario “Marioneta” y su día a día, dificultades y enigmas adolescentes, muy a grandes rasgos. Ha pasado un fin de semana, cuatro días para ser más exactos: viernes, sábado, domingo y lunes.

    Pronto presentaré un nuevo capítulo con el que pretendo cerrar el episodio 1. Después entraré en historias y tramas que ya tengo en borrador.

    Un saludo.

  3. [...] CAPITULO 1: Falacias de Corazón. EPISODIO 1: En un Muro de Octubre; EPISODIO 2: Las Horas Podridas; EPISODIO 3: [...]


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